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por el Mtro. Alberto D. Moreno

El día de ayer, 22 de agosto del presente año, antes de comenzar mi labor como adjunto del PIF “Cultura, poder y resistencia” y acompañado de la Mtra. Adriana López Monjardin, el llegó una comitiva encabezada por el Jefe de Seguridad Gustavo Márquez Márquez con dos propósitos, primero que le firmara el oficio No. 401.A(1).2017/526, el cual adjunto, y para indicarme que tenía que salir de las instalaciones de la ENAH en ese momento, que no podía permanecer más dentro de la escuela y que no podría ingresar de nuevo. Leímos el documento, no firmé de recibido. Yo le extendí a Gustavo Márquez Márquez mi denuncia, también adjunta al correo, y me la firmó de recibida sin nombre ni fecha.

En ningún momento se me ha dicho específicamente por qué se me da de baja, arguye Julieta que se basa en un documento hecho por Márquez, el cual no conozco.

Naucalpan de Juárez, a 21 de agosto del 2017

En una democracia sólo se oye a los que levantan

la voz […] esto significa que […], cada grupo tiene

que aprender al mismo tiempo a levantar la voz,

su propia voz, y a explotar fundamentalmente sus

recursos materiales e ideológicos propios.”

Marvin Harris

Teorías sobre la cultura en la era posmoderna

p.115

Mtra. Julieta Valle Esquivel

Directora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia

Presente

Permítame presentarme, soy Alberto David Moreno Ibarra, miembro de la generación 2005-2008 de la licenciatura de Etnología y de la generación 2010-2012 de la maestría en Antropología Social, ambas de la ENAH. Con la voluntad de encontrar vías de comunicación efectiva y de resolver desavenidos en los términos que norman nuestra institución, le hago presente una cronología de los hechos suscitados entre Gustavo Márquez Márquez y yo, una enumeración de consideraciones del caso, y un posicionamiento personal.

Antes de comenzar, quiero dejar en claro que en el último semestre he sido objeto de hostigamiento, persecución, amenazas, agresiones físicas y difamación por parte de Gustavo Márquez Márquez y de Jorge Andrade Galindo, por el simple hecho de hacer uso de mi derecho a la libre expresión, a mi derecho de ejercer la objeción de conciencia y a la desobediencia civil pacífica ante las medidas de seguridad que se han impuesto en la ENAH.

 CRONOLOGÍA DE HECHOS

A inicio del semestre 2017-1, entre febrero y marzo, martes antes de mediodía. Salí del baño de la planta baja del edificio de audiovisuales, se encontraba Gustavo Márquez Márquez acompañado por dos policías auxiliares de la escuela. De manera amenazante me preguntó la razón de por qué no mostraba mi credencial a la entrada, le expliqué mis motivos de manera tranquila pero el continuó insistiendo que no debería estar adentro, que no sabía quién era yo y que por medida de seguridad me debía identificar a la entrada. Le dije que llevaba casi 15 años de asistir a la escuela, como estudiante y maestro, y no había hecho falta que me identificara para entrar en la ENAH en ese transcurso de tiempo.

 Le pregunté por su cargo y le dije que si nos apegábamos al organigrama de la escuela, el puesto que ocupa él era, por lo menos, irregular si considerábamos su experiencia laboral, más cercano de lo penal que de la conservación y resguardo del patrimonio cultural. Así que le dije que no reconocía su autoridad como jefe de seguridad y que a él no le mostraría mi identificación. Usó el radio y a los pocos minutos llegó una persona que se identificó como Jorge Andrade Galindo, Defensor del Estudiante. El Señor Márquez le informó que me pidió amablemente la credencial y que yo había respondido agresivamente. Yo me reí. Intervino el Defensor insistiendo en que debía identificarme, le dije que lo había hecho justo al saludarlo y que no se lo repetiría. Argumenté mi desaprobación de esa medida de seguridad, por ser una institución pública que debe garantizar el acceso, ágil y sin discriminación a sus instalaciones, y por ser una medida coercitiva de disciplinamiento y normalización de la intervención policiaca en la vida de la comunidad educativa.

Al final, platicamos, discutimos o hablamos acaloradamente entre Jorge Andrade, Gustavo Márquez y yo, acompañados por los mismos elementos de la policía auxiliar. Terminamos de discutir sin ningún acuerdo y me retiré del lugar con rumbo al salón donde soy adjunto.

Marzo 17, 24 o 31, viernes, dos de la tarde, explanada de escolar (el Lagartijero). Los estudiantes realizaban un mitin y yo participé, en pleno uso de mi derecho a la libre expresión. Tomé el micrófono y recapitulé la historia que me tocó vivir en la ENAH, desde estudiante de CCH con la ilusión de estudiar antropología a las desafortunadas perdidas que hemos sufrido por la represión del Estado. Convoqué a los miembros de la comunidad de la ENAH a que desobedecieran el requerimiento de credencial de manera pacífica. Nunca sugerí dañar ninguna instalación de seguridad de la escuela. Entre el arrebato y mi perorata, observé que Gustavo Márquez se encontraba en la puerta siguiendo el mitin. Lo saludé a lo lejos, le dije –micrófono en mano-, “tu no mandas aquí, es la comunidad”. Se rio burlonamente y le dije “Así, pues ¡Chinga tu madre¡”. Él regresó la mentada con el ademán del brazo y tanto él como yo hicimos lo mismo repetidas veces, escena bastante penosa y que no se esperaría en una institución académica. Continué mi participación al micrófono por unos cinco minutos más, sin señalar o referir más a Gustavo Márquez.

 18 de julio, martes a medio día. Accedí al área conocida como “el Pino”. Había una pareja en el pasto junto a los baños de los trabajadores y otra en sentada en la pared del Edificio Principal. Caminé quince metros después de las escaleras cuando escucho que me llaman. Era Gustavo Márquez, dijo que no podía permanecer en el área porque estaba prohibido permanecer allí. Le pregunté por qué y me respondió que eran vacaciones en la escuela. Le dije que ya me iba pero que por contradecirlo me quedaría ahí. Me senté, mientras él de pie me ordenaba que le mostrara una identificación o que me tenía que ir. Me negué a ambas opciones y le pregunté si usaría la fuerza al no cumplir sus órdenes, respondió con evasivas y sin una rotunda negativa. Le repetí que no lo consideraba una autoridad dentro de la escuela. Llamó por radio y al lugar llegó un policía auxiliar y Jorge Andrade Galindo. Márquez informó que de nuevo había problemas conmigo por no identificarme, me acusó de insultarlo y de convocar a quemar la caseta de seguridad. En el momento negué que lo hubiera ofendido, pues pensé que hablaba del momento presente. A lo que Márquez respondió agresivamente y se aproximó a mí de manera amenazante. “¡A ver si eres tan machito, sostén lo que dijiste en la explanada el otro día!”. Jorge Andrade le indicó a Márquez que se alejara de mí, todo ello mientras yo estaba sentado y los tres estaban de pie formando un medio círculo que me rodeaba.

 Después de repetir los mismos argumentos la situación se tornó sin salida. Ellos repitieron su argumento del cumplimiento de las medidas de seguridad y yo insistí en mi objeción a seguirlas. Reivindiqué mi derecho a resistirme pacíficamente. En todo ese momento quien hablaba conmigo era Jorge Andrade Galindo, debido a que Gustavo Márquez había perdido notoriamente la paciencia. Pocos minutos después Jorge Andrade Galindo dio la orden a Márquez de que se retirara junto con el policía Auxiliar. Los tres se fueron y yo permanecí cinco minutos sentado en el mimo lugar. Al salir de la escuela por la entrada principal, me encuentro con Gustavo Márquez en la caseta de entrada y me profiere varias amenazas: que no va a permitirme más la entrada a la escuela, que me va quitar lo “machito” y que me cuide fuera de la escuela.

 19 de julio,  martes, 2:30 de la tarde. Salí de la biblioteca y al dirigirme a pagar una multa a la caja del edificio Principal de la ENAH vi que me seguían dos sujetos de civil y dos policías uniformados a la recepción conocida como “la Media Luna”. Quienes vestían de civil se encontraba Gustavo Márquez Márquez y otra persona de sexo masculino de aspecto militar (corte de pelo, atlético y de ropa deportiva). La  ventanilla se encontraba cerrada por la hora. Decidí irme pero antes pasé al baño del segundo piso del edificio Principal, porque los demás servicios estaban cerrados. Al bajar las escaleras del primer piso a la planta baja, uno de los policías uniformados y el hombre vestido con ropa deportiva, que se encontraban aún en el primer piso, comenzaron a gritar, “hey, hey, usted, deténgase”. Pasé a lado de la oficina de la Defensoría que se encontraba abierta y con Jorge Andrade Galindo adentro, nos saludamos a la distancia y sobre la marcha. Unos metros adelante, antes de salir a la explanada (“el Lagartijero”), uno de los policías uniformados y la persona  vestida de ropa deportiva me cerraron el paso por mi lado izquierdo. De inmediato Gustavo Márquez y el otro uniformado llegaron corriendo y me cortaron el paso por el lado derecho.

 Al preguntarles la razón de impedirme el paso, Gustavo Márquez me confrontó cuerpo a cuerpo y me empujó con ambas manos sobre mi pecho, “¿a dónde vas? Ora sí vas a ver” me dijo. Yo en voz alta le dije “¿Acaso me estás empujando? ¡No me toques!”, lo cual fue presenciado por Jorge Andrade Galindo, Defensor del Estudiante. Gustavo Márquez se dio cuenta de la presencia del Jorge Andrade Galindo e hizo distancia respecto a mí. De inmediato me ordenó detenerme y que le diera mi credencial de manera agresiva. Los dos elementos uniformados se mantuvieron a menos de metro y medio de mí, mientras que el otro vestido de civil me cerraba el paso con los brazos abiertos y movimientos agresivos. Insistí en que me dejara continuar mi camino, que ya tenía que irme y que no tenía tiempo. Entre movimientos evasivos de mi parte y sin tocar a Gustavo Márquez o a cualquier de las tres personas restantes que me rodeaban, llegué hasta las escaleras de la entrada principal, pero habían cerrado la puerta.

Evalué la situación y consideré que se había vuelto bastante peligrosa para mí. No me permitían salir y parecía que me querían someter físicamente. A manera de salida nerviosa, juguetona y no violenta comencé a bailar un “vals” dando pasos laterales y saltos para no ser sometido. Le volví a pedir que me permitiera la salida, que ya había realizado las diligencias que necesitaba y que no le daría mi credencial. Gustavo Márquez, bajo la indicación de Jorge Andrade Galindo, dio la orden a la persona vestida con ropa deportiva de que abriera la puerta y me permitiera salir. Me dio mucha rabia el trato que había recibido y al salir hice una seña de burla para Gustavo Márquez con movimientos laterales de cadera y de espaldas. Ya fuera de la escuela, Gustavo Márquez volvió a amenazarme “cuídate, ya afuera te voy a romper tu madre”.      

 Martes 8 de agosto, tres de la tarde. Después de la clase del PIF, la Maestra Adriana López Monjardín, con quien trabajo como adjunto, y yo fuimos a comer. Regresamos al interior de la escuela, platicamos en el Lagartijero y nos despedimos. Unos diez minutos más tarde se comunicó conmigo por teléfono. Me dijo que en el estacionamiento y casi al subir su automóvil, la habían abordado él jefe de seguridad, Gustavo Márquez, y un oficial de la policía auxiliar, y que de manera amenazante le cuestionaron por su vínculo conmigo. De este hecho, ella misma ha redactado una misiva donde describe las formas que Gustavo Márquez tuvo para con ella y expone su posicionamiento al respecto (Anexo Carta). Al entregar la carta mencionada a la Defensoría, Jorge Andrade Galindo le dijo que me había comportado muy violento con él y con los elementos de seguridad, que había pateado una puerta del baño y que estaba alcoholizado, además de que no se me permitiría trabajar más en la escuela, todo ello sin saber mi nombre y de referirse a mí como “el autónomo”.

 CONSIDERACIONES

De los hechos relatados es necesario puntualizar lo siguiente:

  • El problema principal del que se desprenden las acciones de persecución, amenaza, agresión y difamación provienen de mi objeción a cumplir la norma de mostrar mi credencial a la entrada de la escuela, expresar mi opinión públicamente en un mitin escolar y resistirme pacíficamente a cumplir esa medida de seguridad.

  • La respuesta del Señor Márquez ha sido reprobable. Él ha reaccionado en contra de mí con violencia y arranques de ira que no puedo permitir. En dos ocasiones se ha acercado a mí de manera intimidante y en una ocasión me ha empujado, todo ello frente a Jorge Andrade Galindo. También es de subrayar que me ha amenazado con daño físico en dos ocasiones, por lo que lo hago responsable de cualquier incidente violento que me suceda en adelante, tanto dentro como fuera de la ENAH. Márquez actúa a manera de vendetta personal y no como un funcionario de una institución de enseñanza.

  • Los asuntos académicos y contractuales no pueden rescindirse por la decisión de una autoridad ajena a la academia y a la administración escolar. La decisión de no permitirme la entrada a la escuela no es una competencia que corresponda a Gustavo Márquez. Si es que existiera alguna falta grave que yo haya cometido deberá ser encauzada por los procesos, instancias y recursos indicados por la normatividad vigente, y no por el parecer de una sola persona. Y si no es a través de los causes y formas legales que se me separa de mi puesto de trabajo, tendré que recurrir a las instancias correspondientes que garantizan mis derechos humanos y laborales.

  • La actuación de Jorge Andrade Galindo, Defensor del Estudiante, ha sido contraproducente en la resolución del conflicto. Por un lado actúa como fiscal con afán persecutorio y punitivo, en vez de buscar la mediación y la concordia. Por otro, procede con la difamación antes que con pruebas contrastables. Al decirle a la Maestra Adriana López Monjardin que lo había agredido, que había pateado una puerta del baño y que estaba alcoholizado, ha incurrido en una falta grave pues no puede sostener sus dichos. Por ejemplo, en lo sucedido entre febrero y marzo del año en curso, hay manera de saber si lo que dice Jorge Andrade Galindo es verídico o no, ya que hay una cámara de seguridad que se encuentra en la planta baja del edificio de audiovisuales que pudo registrar el suceso. Conmino a que sean revisadas las cámaras de seguridad de los lugares y fechas que indico, para corroborar mi versión de lo sucedido. Para validar el dicho de Jorge Andrade Galindo es necesario corroborar que exista el registro en video de la agresión, las pruebas de los daños de la puerta del baño que según él pateé y el reporte de seguridad en donde se da constancia que se me encontró alcoholizado en medio de mi jornada laboral, lo cual hubiera ameritado mi retiro de las instalaciones de la ENAH por sus cuerpos de seguridad en pleno uso de sus atribuciones, y la consecuente presentación de mi persona en el Ministerio Público correspondiente, cosa que no sucedió porque lo que dice sobre mi Jorge Andrade Galindo es totalmente falso.

 POSICIONAMIENTO

Creo profundamente que el fortalecimiento de los tejidos sociales y culturales de una comunidad educativa como la ENAH es la única medida de seguridad válida, donde todas las personas nos cuidemos las unas a las otras, sin necesidad de delegar esa función a cuerpos especializados en el control, la tortura, la coerción y la violencia.

La obligación de que cada persona que ingrese a las instalaciones de la ENAH deba identificarse resulta arbitraria. Basta con detenerse algunos minutos en la puerta de ingreso para comprobarlo. Hay personas que con el simple hecho de saludar a los policías de la entrada pasan sin mostrar la credencial. En otras ocasiones, a las personas que ostentan una edad mayor de los cuarenta años o/y que vistan con ropa que los distinga en un estatus mayor al resto de la población escolar son admitidos de buena gana, también sin mostrar su credencial. Hay casos en los que la persona a la que se le ha solicitado la credencial intenta hallarla en el fondo de su bolso y al resultarle difícil la acción los policías le dan el paso por cortesía. Aún y con la estricta vigilancia que se dice aplicar en el seguimiento de dicha norma, los robos de material de trabajo docente no cesan y conducen a plantearse si es que dicha medida sirve de algo.

 La historia de la ENAH pesa en muchas de las personas que hemos tenido el gusto de formarnos en sus aulas. La crítica y la acción política, social y cultural son parte de nuestra identidad como miembros de la comunidad de la ENAH. La diversidad de la cual damos cuenta en nuestra labor académica impacta en nuestra propia vida, nos ha dejado huella y determina nuestro actuar. Frente a la intransigente retórica de estandarización a rajatabla, las personas que nos dedicamos a la antropología no podemos menos que sentir desafección. En la ENAH se debe de considerar el respeto a los objetores de conciencia, a quienes, por sus convicciones, deciden desobedecer aquellas reglas que consideren una afrenta a su dignidad, a su proyecto de vida, en fin, a su cultura, sin que por ello se ponga en riesgo a persona alguna ni al patrimonio material de la escuela. La identidad de la escuela y las convicciones de las personas que le damos vida no pueden estar supeditadas a una medida aplicada arbitrariamente.

 En aras de coadyuvar en la resolución de este problema, estoy en la disposición de identificarme en la entrada, aunque de una manera particular y no convencional, próxima a aplicar. Espero que haya voluntad de parte de la dirección y personal de seguridad en la resolución del presente entuerto, y no prime la revancha personal, la violencia, la amenaza ni la burla, sino que primen los canales institucionales y legales que rigen a la ENAH y la Federación. De lo contrario, tendré que acudir a instancias como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y las correspondientes que resguarden mis derechos laborales.

 Considero que Gustavo Márquez Márquez no es idóneo para el puesto que desempeña, pero no es atribución mía la de removerlo o no. Asumo como parte del personal docente que labora en la ENAH que le debo respeto y un trato deferente, obediencia no porque no está en sus atribuciones mandar sobre nadie que no sea específicamente el personal de seguridad de la escuela.

 Por todo lo anterior, exijo continuar con mi labor docente que comencé el año pasado como adjunto del Proyecto de Investigación Formativa “Poder, Cultura y Resistencia”. Demando el acceso a la escuela sin más revanchas o recelos. Si se me sigue algún proceso disciplinario que me impida la entrada a la escuela o que rescinda mi contrato de trabajo, exijo sea llevado con estricto apego a la ley y la verdad, bajo la mirada atenta de la comunidad de la ENAH.

Agradezco por adelantado la atención recibida a este documento y la revisión que el caso reciba.

Mtro. Alberto David Moreno Ibarra

Profesor Hora-Semana-Mes

Licenciatura de Antropología Social

 

 

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