Caravana por el amor la memoria y la esperanza (Crónica)

Nicanora García es madre de Saúl Bruno García, desde las 5 de la mañana se encuentra despierta, lava las ollas, reúne la leña porque no le gusta el gas –es más lento-, afirma. En la esquina de las canchas de la Normal Rural «Raúl Isidro Burgos» de Ayotzinapa, coloca unos tabiques y en medio la leña; dentro del comité de Padres de familia de los 43 es encargada de la alimentación de los familiares cuando realizan actividades. Un par de horas más tarde las demás madres y padres, estudiantes y miembros de organizaciones sociales se arremolinan junto al fogón y a la olla del café, son las 7:30 de la mañana, la caravana por la memoria y la esperanza se dirige hacia su primera parada: Iguala, Guerrero, donde toda esta historia de terror comenzó.

Iguala es desértico, seco y el calor golpea con fuerza, las personas viven con miedo, ha habido cientos de muertos y desaparecidos. Los familiares se dirigen al monumento que se erigió en memoria de Julio César Mondragón. El espacio luce abandonado, sucio y han arrancado la foto del monolito, el calor levanta un hedor a heces y a muerte. Un padre realiza una oración y arroja agua bendita acompañado de una plegaria que por momentos se pierde entre los ¡Vivos los queremos!

En marcha, los diferentes contingentes recorren la avenida que viera a los muchachos correr, pedir ayuda, esconderse y morir; tal es el caso de los normalistas Daniel Solís Gallardo, Yosivani Guerrero, en su monumento, al igual que en el de Mondragón, depositan una corona de flores y sus cruces son limpiadas cuidadosamente, en el centro de la cruz una flor morada es colgada, para no olvidar.

Después de ser recibida la caravana en Taxco, Guerrero y Cuernavaca continúa Tepoztlan, que es conocido por su vida turística, cientos de personas recorren sus calles, su vestigios y su vida cultural, pero también aquí vivió Emiliano Zapata, tuvo su casa y los vecinos de la comunidad se sienten orgullosas y orgullosos; sus habitantes son referentes contemporáneos de lucha y resistencia, basta recordar las batallas que han librado, primero contra un club de golf; después contra la carretera y, más recientemente, contra un incendio que pareció provocado y en que decenas de jóvenes ayudaron a contenerlo ante la cobardía y negligencia de las autoridades.

Es la tercera vez que reciben a las madres y padres de los normalistas, la pequeña marcha sale de la glorieta, cruza las calles empedradas, baja lentamente; las consignas retiemblan en los portones y las señoras, niños, ancianos espían curiosos al contingente, algunos aplauden, otros asientan la cabeza, los niños preguntan quiénes son. Al llegar al centro, entre cientos de puestos de artesanías y recuerdos, los turistas se quedan asombrados bajo los lentes de diseñador.

Luego de la ceremonia religiosa, se celebró una convivencia con organizaciones de Tepoztlan, durante las últimas intervenciones una frase derrumbó el frágil muro de aparente fortaleza de los asistentes los normalistas rurales son flechas que atacan el corazón del sistema; de pronto, las lágrimas comenzaron a fluir descontroladas: madres, padres, mujeres y hombres lloraron. Recordamos que lo que había sucedido hace más de dos años fue tan terrible, tan espantoso y, ahora, aquí estaban las madres y padres resistiendo y luchando por el amor a sus hijos, por poderlos abrazar una vez más.

Esta navidad, las madres, padres, hermanos, familiares y amigos de los 43 normalistas de Ayotzinapa, por tercera ocasión, no celebraron nada; el nacimiento del niño Jesús, las posadas, en fin, las celebraciones por tercer año consecutivo no pudieron darse, porque en 43 hogares falta un lugar en la mesa.

¡No hay nada que celebrar, nos faltan 43! fue la principal consigna de los familiares, estudiantes normalistas, movimientos sociales, sociedad civil organizada y sindicatos, quienes recorrieron los estados de Guerrero y Morelos y los municipios de Iguala, Taxco, Cuernavaca, Xoxocotla, Amilcingo, para concluir en la toma de la caseta México-Cuernavaca.

Las madres y padres, junto con los abogados que han llevado el caso de los normalistas desaparecidos por el narco-estado, denunciaron que a 27 meses de la desaparición de los 43 jóvenes normalistas, la Procuraduría General de la República [PGR] ha entorpecido la investigación, revictimizando a los familiares y obstruido sistemáticamente las investigaciones.

El estado mexicano mostró el horror del que es capaz. Desapareció a 43 normalistas, jóvenes de una escuela con amplia trayectoria en la lucha contra las injusticias y desigualdad. Jóvenes cuya arma era el deseo de la educación como forma de cambio. Los policías, militares y el Estado mismo, pensaron que nadie se levantaría y exigiría justicia por aquellos jóvenes humildes. Sus familiares se convirtieron en activistas políticos, en militantes por la justicia y la verdad; la sociedad mexicana salió de la comodidad de sus hogares, tomó las calles y exigió junto a los familiares la presentación con vida de los normalistas y de los miles de desaparecidos.

Durante la Noche Buena, la Normal de Mujeres de Amilcingo, Morelos, lucía vacía. La guardia de jóvenes normalistas recibió a la caravana. Llega la hora de dormir y con ella, el llanto de las madres añorando el regreso de sus hijos, esperando poderlos abrazar, besar, escuchar.

La caravana concluye en la caseta México-Cuernavaca, es de paso libre y algunos automovilistas que circulan por ahí, apoyan el movimiento. Es navidad, miles de familias festejan con sus familiares, aún no saben, como nadie, si serán los siguientes.

Es la navidad del 2016, nos faltan 43 y no hay nada que festejar.

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